viernes, 20 de marzo de 2015

Sincronicidad




Hace unos años tuve una experiencia inusual y ciertamente transformadora, un estado de consciencia que solía ser fugaz y más leve, hasta aquel momento. Algo que creí que era un golpe de inspiración que persistió.

Aquel estado que comenzó en 2009 favorecía la creatividad a la hora de hacer música, a la hora de dibujar y más aún a la hora de percibir y pensarme. Una sensación de sincronización entre ser y crear. Simultaneidad entre ellas.

La relación con el tiempo llamaba mi atención intensamente, sentía percibir el infinito, estado que ahora, palabra mediante, no logro evocar. Experimenté sueños premonitorios, agudización de la empatía y la profunda percepción del otro, estado de gracia y plenitud.

Un atisbo de éstas experiencias se presenta antes de mi actividad creativa, precede al momento de por ejemplo, la poesía. A veces ligado a la escritura ó a veces también a la lectura. Creo que podría relacionarlo en general con un momento de repentina comprensión de algo y atención optimizada.

Aquello había comenzado una noche delante de la computadora, cuando extrañamente alterada por la presencia del mismo árbol de siempre tras la ventana de mi estudio, comenzó la vivencia . En ese momento dispuse la atención de mis palabras a describir y capturar qué emanaba de aquella imagen que se relacionaba conmigo a través de la emoción. Tras el velo de la apariencia del árbol, como otras veces, leía un símbolo. 
El tiempo parecía detenerse conmigo, igualmente erizado. El Yo se disolvía expandiéndose muy más allá de mi cuerpo físico, una sensación de identificación con una vasta red de información confusa que a su vez llamaba a mi frecuentemente habitada mente, al silencio de pensamiento.
Sobre mi escritorio vi un reloj de arena, souvenir de algún festejo de 15 años que mi hermano trajo a casa. El reloj machucado estaba detenido, con arena arriba y abajo, esa fue la primer sincronicidad. O sea, simultaneidad de dos eventos de forma no causal y relacionados por el significado (C.Jung), que a su vez relacionan el mundo interior con el exterior.

Esa madrugada apenas intenté describir lo que se me presentaba en un archivo, pero con una cuota de miedo me acosté a dormir con la esperanza de recuperar claridad y expresar lo sucedido a la mañana siguiente. La experiencia era de una intensidad inusitada para mi, que contaba en mi haber con experiencias gratas bajo la influencia de sustancias, pero no antes alcanzables en éstas condiciones.

A la mañana siguiente el descanso había sido completo y “despertar” traía consigo un nuevo significado. También traía un sueño: 

Anduve por un bosque a los saltos, las copas de los árboles principalmente me llamaban con toda naturalidad. Entonces apareció un sobre, flotaba sin que yo lo tuviera que sostener, y  “yo“ no sé qué era. Pero veía. El sobre de enorme magnitud se abrió y dejó ver una hoja en blanco. El orden de los sucesos se intercalaba, era, si pudiera describirlo con palabras, simultáneo. Mientras saltaba y planeaba de una rama a la siguiente, descubría tras el follaje una letra que además aparecía sobre la hoja blanca del sobre. Y así seguí, salto a salto despeinando ramas y liberando las doradas letras hasta develar su mensaje.
La carta dijo “Has sido invitada”.

Esa mañana mi respiración era más plena que usualmente. Mis sentidos se relacionaban muy sinestésicamente, el pensamiento parecía ordenado y constantemente poético. Funcionaba con mayor integridad e integración. Escuchaba la misma música que ahora mismo, las versiones de Jacques Loussier de las Gymnopedies de Erik Satie. Obras que hoy juzgo de profundidad y levedad por siempre anhelables.
Salí de casa expectante, todo podría apagarse tan repentinamente como se había encendido, sin embargo la información fluía aún libremente y regalaba su vastidad. 

Jamás mi soledad había sido tan profundamente halagada, por lo que la elegía.

Caminé hasta una estación de servicio en aquel estado, calma y conmovida por las personas y los sonidos. Cuando llegué, a mis pies brillaba una laminada y anaranjada entrada de cine sin usar. “La revelación “ era el nombre de la película que alguien nunca llegó a ver. Apenas sonreí en aquel estado de ensueño, dudé de qué significaba estar despierta, la sincronicidad se naturalizaba. El aire parecía cargado de intención.
Tuve la extraña sensación de que la habitual percepción se invertía. Como si yo fuese el mundo que ésta vez me miraba a los ojos. La expansión traía júbilo y liberación.
En ese entonces también la calidad de los recuerdos cambió. Como si cierta zona de los pensamientos estuviesen escondidos, olvidados y sólo se abrieran para su correspondiente formato de conciencia y comprensión. Entonces recordaba sueños y palabras recónditas que además me alimentaban en mayor y mayor profundidad, haciéndome más liviana.
Soñé un Buda azul y una lechuza dorada. También soñé vacas de once pisos de alto.
Investigué aquellos símbolos maravillada por el instrumento de la internet. Una red de información no física que nos conecta e invita a comunicarnos cada vez más a pesar del espacio. Nos comunica con proyecciones del otro, nos entrena (pensé en aquel entonces) para la telepatía. Me sentí  abrumada por aquella  sensación de sentido que relacionaba unas cosas con las otras y a mi Yo con el exterior, ahora indiferenciados. Me hice de la constante compañía de “Así habló Zaratustra” de Nietzshe, escritura que nunca antes había leído de ésta forma. Nada había leído antes de ésta forma.

Mi cerebro parecía estar enormemente más abierto para el aprendizaje y la contemplación, así como caía en pensamientos que me hubieran excedido en cualquier otro momento respecto a la ilusión del tiempo, la ínfima utilización del potencial humano y un intuído rumbo de la evolución.  Inspiración.

Así me encontré con Teilhard de Chardin, del que hice una lectura vergonzosamente escueta en cuanto a su investigación científica, pero sí identifiqué en su pensamiento acerca del punto Omega un camino parecido al que mi intuición buscaba.
Ésta experiencia transpersonal sugería que un día el hombre, omnisapiente y omnipresente, descubriría que él habría sido siempre un camino hacia la identificación de aquel Dios. Internet seguía emocionándome, como una plataforma de información conectada que favorecería éste salto. La introspección finalmente acabaría en esa revelación. Quizás Dios sea sencillamente nuestro potencial.

Me perdí en personas, paisajes, poesías y canciones como nunca antes. Pregunté por qué cantaban éstas aves en mi ventana y oí su pedido de que otros despertaran.  

Una noche de aquel verano en el frente de mi casa miré al cielo y en silencio pedí una estrella para confirmar que esto fuera una orden cierta, estrella que seguidamente apareció y me ganó una lágrima.
Sincronicidades de creciente belleza.

Asusté a mi madre con mis palabras, que cumplían algunos requisitos de diagnósticos psiquiátricos amenazantes, pero me preparé también para explicarle lo fácil que puede ser confundir una cosa con la otra. Mi experiencia me hacía segundo a segundo más profundamente sana. Y en Oriente habría sido comprendida de otra forma. Mantuve a mi ego encauzado, hubiera sido peligroso dejarlo adueñarse de la experiencia y caer en el “YO SOY” que desata tantas formas de locura.  Yo sólo estaba siendo atravesada.

Escribí y gocé lo que nunca antes.

Y ya mi vida había sido transformada por ésta comunicación con la naturaleza de la realidad. Un tejido de información milagroso y dotado de la sublimidad de su sola existencia.





               


5 comentarios:

Pedro dijo...

Por deformación del uso de Facebook.....me recontra gusta.

Rodrigo dijo...

Me sentí extrañamente identificado con tus palabras, como si lo hubiera escrito yo mismo, atravesé básicamente la misma experiencia hace un año, etapa de mucha lectura de budismo, filosfía china, psicología, lenguaje no verbal, etc etc, es un estado de nutrición intelectual y florecimiento creativo total, mi lado creativo encauzó en la fotografía... en fin... buena voz y canciones!

Anónimo dijo...

"Quizás Dios sea sencillamente nuestro potencial."..... Gracias por recordarme a Bach

The Teller Of The Rhyme dijo...

Las conexiones con nuestra conciencia colectiva no son frecuentes, pero suceden y cuando suceden bueno... vos lo describiste.
La conexión con el infinito, con nuestra conciencia colectivo como me gusta decirle, es lo más cercano a la verdad que llegamos.

"When real music comes to me - the music of the spheres, the music that surpasses understanding - that has nothing to do with me, because I'm just the channel. The only joy for me is for it to be given to me, and to transcribe it like a medium... those moments are what I live for." - John Lennon.

Poetic Night dijo...

Conectarse con el universo a través de las sincronicidades, poder verlas, es descubrirse formando parte del todo, de una forma extrañamente perfecta.